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¿Quieres enseñar a leer a tu hijo de 3 años?

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Los libros son la puerta de entrada a todo un mundo de conocimiento y fantasía. Por eso cuanto antes podamos penetrar en ese universo mucho mejor. Enseñar a leer a nuestro hijo antes de que aprenda en la escuela no es ni descabellado ni temerario: él puede aprender a leer si nosotros le ayudamos y nos lo pasamos bien haciéndolo. Además, vivir el descubrimiento de la lectura con nuestro hijo es una experiencia muy satisfactoria que estrechará los lazos afectivos de todos.

“A los niños les enseñan a leer en el colegio… ¿por qué vamos a enseñarles en casa?”, “Ya tendrán tiempo de aprender a leer cuando les enseñen con seis años”. Son comentarios que oímos decir a la mayoría de la gente.

Ciertamente, el aprendizaje de la lengua escrita suele darse en las escuelas a partir de los cuatro o cinco años en los mejores casos, concretándose las habilidades lectoras entre los seis y los siete años. ¿Y por qué no antes…?

Los bebés aprenden a hablar, a andar, a correr, a relacionarse con el mundo a lo largo de los tres o cuatro primeros años de vida. Sus capacidades psicofísicas se lo permiten. De la misma manera pueden aprender a leer. Lo único que tenemos que comprobar es que nuestro hijo tenga la madurez evolutiva necesaria para poder incorporar este aprendizaje, en principio complejo.

En el aprendizaje de la lectura intervienen diferentes áreas situadas en los dos hemisferios cerebrales: la que ve los símbolos, la que los reconoce, la que les otorga significado, la que oye las palabras y la que las reconoce. Para que el niño pueda aprender a leer, todas estas áreas deben poder establecer conexiones entre sí mediante las ramificaciones nerviosas de las células cerebrales que las integran. Para que estas conexiones se realicen adecuadamente, estas células (neuronas) deben estar revestidas de una vaina de mielina que las aísle eléctricamente.

El proceso de mielinización de las neuronas se da durante toda la infancia, pero alrededor de los dos años de edad las conexiones básicas ya están establecidas y las áreas anteriores interconectadas. Podemos entonces afirmar que a partir de esta edad, el desarrollo cerebral del niño le permite incorporar la información lectora recibida y otorgarle significado.

De hecho, si un niño de tan sólo 18 o 20 meses le señalamos una etiqueta de “Coca Cola” o una tapa de su yogur habitual nos dirá ‘lo que pone’ casi de inmediato: está reconociendo unos símbolos escritos en un contexto concreto. Ese es el primer paso para la lectura. Y los dos años son un buen momento para empezar.

Lo que el niño de esta edad necesita para poder asomarse al mundo de la lectura es disponer de las imágenes adecuadas, suficientemente grandes y atractivas (la letra de los cuentos y de los libros es demasiado pequeña) como para captar toda su atención. Las letras grandes, el color rojo para empezar y el entusiasmo comunicado por el padre o la madre, son ingredientes suficientes para motivar al niño en la adquisición de la lectura.

Los padres podemos reinterpretar y ofrecer el lenguaje escrito a nuestro hijo de manera que adaptemos la información necesaria.
Para que aprenda a leer debemos tener siempre en cuenta:
  • Los intereses del niño: temas que le motiven.
  • Sus necesidades y capacidades madurativas: la información debe seguir unos criterios de tamaño y letra adecuados.
  • Sus características específicas para el aprendizaje: la repetición diaria de los grupos de palabras, sesiones cortas pero frecuentes, etc.
  • Una actitud de entusiasmo, buen humor y confianza en las capacidades del niño por parte de quien lleve adelante el programa de lectura.

El niño aprende a hablar aparentemente sin esfuerzo. Por el mero hecho de estar inmerso en un ambiente lingüístico concreto, logra interiorizar y utilizar correctamente no sólo las palabras sino también las estructuras lingüísticas, ésas que nos dieron tanto la lata en las clases de gramática.

¿Cómo logra un niño acceder a un aprendizaje tan complejo como el lenguaje de forma tan sencilla?
Básicamente por cuatro motivos:
  • Porque se encuentra en una etapa especialmente sensible para la adquisición del habla.
  • Porque la repetición constante de palabras que nuestro hijo oye a su alrededor, le permite pasar de los primeros sonidos (balbuceos) a las primeras palabras ‘papá’, ‘nene’, luego a las palabras con valor de frase ‘pan’ (quiero pan), pasando por los pares de palabras ‘mama ven’ (mama ven conmigo a jugar) hasta llegar a las frases simples, a las más complejas y al dominio más o menos competente de una o más lenguas habladas.
  • Porque las respuestas de entusiasmo que recibe de las personas que le rodean cuando logra articular una palabra, le animan a construir sus primeros intentos de frases. Ejercen de estímulo positivo para continuar aprendiendo.
  • Porque el uso del lenguaje se convierte pronto en una necesidad para comunicarse con las personas y consigo mismo.

Este método de aprendizaje de la lengua materna es el mismo que utilizaremos para enseñar a nuestro hijo a leer a partir de los 2 o 3 años. Está basado en la repetición de las palabras que forman el vocabulario básico y habitual de nuestro hijo, y del estímulo positivo y el uso de la lengua escrita para contar y aprender cosas. El niño recibirá, a través de unas cartulinas que confeccionaremos a las que llamaremos BITS DE LECTURA (unidades de información), una imagen global de la palabra como unidad coherente y significativa que podrá memorizar, reconocer y reutilizar en diferentes contextos a medida que avanza el programa.

Las ventajas de la lectura en edades tempranas son considerables
  • Por un lado, la lectura es la puerta de entrada al mundo del conocimiento y de la imaginación.
  • En ningún caso estos niños son problemáticos sino todo lo contrario. El problema no es empezar a leer pronto sino tarde.
  • El niño con una gran competencia lectora se siente más seguro de sí mismo, más motivado para el aprendizaje y, por supuesto, más capaz para enfrentar el aprendizaje de la lengua escrita.
  • Tal vez la mayor ventaja de enseñar a leer a un hijo pequeño sea la intensa relación que se establece entre el padre o la madre y el niño al compartir una situación de aprendizaje que ampliará las posibilidades creativas e imaginativas del niño, así como mejorará en gran medida su autonomía personal (podrá adentrarse en el mundo de la fantasía escrita cada vez que lo desee).

Como madre con hijos que han leído a edades tempranas puedo decir que para ellos era extremadamente gratificante leer de forma autónoma, poder leer a sus hermanos o amigos las cosas que les interesaban y, en cuanto al concepto que de ellos mismos tenían, su seguridad en sí mismos y su valía para el aprendizaje escolar tuvieron mucho que ver con su gran competencia lectora. En ningún momento, para ellos, supuso un problema saber leer desde pequeños.

Consejos prácticos de ete artículo en:

Primera parte de este artículo en:
¿Quieres enseñar a leer a tu hijo de 3 años? Consejos prácticos

 Carmen Herrera García
Profesora de Educación Infantil y Primaria

  

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