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El temperamento del bebé

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¡Tan pequeño y con un temperamento tan marcado!”. La mayoría de los padres hemos pensado algo así cuando nuestro bebé se ha lanzado a llorar con todas sus fuerzas en mitad de la noche para reclamar su alimento o su chupete. Cuestionarnos si debemos o no responder a las demandas de nuestro bebé de forma inmediata, si debemos cogerle a menudo en brazos y hasta qué punto nuestras respuestas a sus señales modelarán esa herencia genética con la que ha nacido, nos ayudará a determinar si todos los bebés han de ser tan dormilones, tranquilos y tragones como el de nuestros vecinos.

Recuerdo que era una verdadera delicia levantarme a las dos de la madrugada,
cuando el bebé se despertaba para mamar, porque anhelaba mirarlo de nuevo

Margaret Drabble (del libro Sabiduría Materna de Beth Wilson)

Este tierno comentario expresa lo que muchas madres y padres podemos haber sentido en los íntimos, dulces y nocturnos momentos dedicados a alimentar a nuestro recién llegado bebé. Pero también podemos haber expresado cosas como: “¡Oh no! ¡Ya se ha despertado otra vez! ¡Pero si sólo hace media hora que se durmió!”, o tal vez “¡Este niño me tiene agotada, esta noche no he dormido ni tres horas seguidas!”.

El nacimiento de un hijo llega acompañado de los consabidos comentarios, por lo común bienintencionados, referentes a sus recién estrenados ritmos de sueño y vigilia, alimentación o respuesta a los estímulos. Son comentarios de familiares y amigos que dicen reconocer en nuestro vástago los más remotos o cercanos antepasados reflejados en su temperamento: “pues tú de pequeña eras igual de llorona que la nena”, o “¡mira, pero si hace lo mismo que su padre cuando mamaba, se duerme cada cinco minutos con el pezón en la boca!”.

Tendemos a considerar que cada bebé llega al mundo con un paquete que contiene su personalidad adulta y que ésta se irá manifestando a medida que el niño crezca. A los primeros indicios que tenemos de ella le llamamos temperamento, siendo éste un componente de la personalidad, pero no la personalidad misma.

El temperamento es la forma innata característica en un individuo de experimentar de una manera total las relaciones con el medio social o de responder a ellas. Pero que este temperamento ‘innato’ sea heredado es algo que no está demostrado. Hay estudios que apuntan en esa dirección, pero son estudios realizados con bebés de más de cuatro meses y en cuatro meses la interacción del recién nacido con el medio que le rodea ha tenido muchas oportunidades de modelar sus respuestas o sus inhibiciones.

Solemos catalogar al bebé de ‘difícil’ o ‘tranquilo’ cuando su conducta se adapta más o menos a nuestros propios ritmos y modelos de vida. Pero lo que para nosotros es un niño difícil puede significar algo diferente si miramos otras culturas. Por ejemplo, para los masai de Kenia un niño “difícil” es un niño con más probabilidades de sobrevivir en situaciones de necesidad dado que su mayor demanda de atención con lloros y quejas repercutirá, con toda probabilidad, en más leche o más tiempo en brazos. Consecuentemente esta mayor atención ayudará al bebé a sobrevivir ( Marten de Vries, 1970).

Los bebés sólo se comunican corporalmente: el llanto, la sonrisa, las expresiones de dolor o de alegría, la tensión o relajación corporal, responden al ambiente y demandan de él la atención necesaria para satisfacer sus más básicas necesidades, físicas, psicológicas y emocionales.

La construcción de las emociones empieza en la cuna.
  • La frecuencia y rapidez con que un niño recibe respuesta a sus señales de desequilibrio (físico o emocional) le informan del mundo que le rodea.
  • Sabrá si puede esperar respuesta con el primer llanto o si debe gritar como un cosaco para que le atiendan como necesita.
  • Quizás parezca que adjudicamos de forma precoz criterios de juicio y de razón a un lactante, pero cada niño construye su comprensión del mundo y de él mismo a través del universo familiar en el que crece y se desarrolla.

En nuestra cultura occidental tendemos a pensar que coger muy a menudo al bebé en brazos le hará acostumbrarse, o que si duerme en nuestra cama crecerá más dependiente y mal criado de lo aceptable. Por eso podemos oír cómo se nos recomienda a los padres que cojamos poco a nuestro niño, o que le dejemos llorar un ratito para que aprenda a calmarse solo, incluso que le alimentemos según un horario fijo. Tales recomendaciones obedecen a unos patrones de conducta que tal vez tienen más que ver con las necesidades y la disposición de los adultos que con las necesidades y demandas del bebé.

Nueve meses son los que nuestro pequeño ha pasado meciéndose plácidamente en un medio cálido y reconfortante. Durante esas cuarenta o cuarenta y dos semanas no ha sentido ni una sola vez la punzada del hambre en su estómago, o la soledad de la cuna, o el frío en los pies. Pero su nacimiento marca el inicio de un universo nuevo regido por leyes nuevas que ahora sí ha de conocer y manejar. Para ello viene dotado de un arma de gran control: el llanto. Con él expresa sus desajustes y logra enviar mensajes contundentes a quien pueda interesar: ¡Estoy aquí y me siento solo!; ¡Estoy aquí y tengo hambre!

Poco a poco irá descubriendo que su sonrisa también despierta pasiones, así empezará un intercambio de demandas y reacciones, según una química cerebral propia, probablemente establecida genéticamente, que irá modelando la futura personalidad del niño en función del ambiente en el que vive.

Nuestra conducta con el bebé constituye un sistema de retroalimentación emocional en la que éste percibe si hay sintonía y equilibrio en la relación o si por el contrario hay desequilibrio y necesita un reajuste, el cual intentará lograr utilizando el llanto, la irritabilidad o el nerviosismo como señales de atención.

La sensibilidad del bebé al estado emocional de quién lo cuida es enorme. La tranquilidad o nerviosismo con que es amamantado, el cariño o frialdad con que es cogido en la noche cuando se despierta y llora, el tipo de juego y de diálogo que recibe durante los momentos de vigilia diurna, todas estas interacciones modelarán al niño y le ayudarán o no a adaptarse al medio. Unos padres empáticos serán capaces de percibir las necesidades físicas y emocionales de su hijo respondiendo a ellas con la frecuencia que el bebé marque, por que cada niño es diferente y, por tanto, sus necesidades y requerimientos serán también diferentes.

Cuando el bebé llora o gorgotea está comunicando una intención, está informando sobre su estado interno y debemos responder a ello. Alzarlo en brazos, jugar con él, hablarle, mecerlo, alimentarle con leche y mimos es lo que él necesita. Está diseñado biológicamente para ello.

El vínculo madre-hijo (o padre-hijo) ha de ser muy estrecho para que la seguridad y confianza del niño en el ambiente se consolide. Probablemente cada ser humano nazca con una tendencia temperamental concreta, pero con toda seguridad podemos afirmar que la interacción con el ambiente determinará la consolidación o desaparición de tales conductas temperamentales.

 

Carmen Herrera García
Profesora de Educación Infantil y Primaria

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